Ajusto la mira; elijo el objetivo, apunto y disparo. El más rápido del Oeste. Mi arma y mi condena. Mi suciedad y mi ambigüedad.
- Pásate el libro Manu ostia puta – me dicen desde la lejanía; yo me limito a mirar fijamente a todo aquel que osa alzar su voz frente a la mía; mi limito a entrecerrar los ojos y a entrechocar mis dientes como respuesta a todo aquel que osa alzarse (a secas) a pesar de tratarse de un acto fallido desde el justo momento en el que comenzó a ser concebido. Mi vida y mi desgracia. Mi suerte y ese puto libro de Cortázar. Animo exponencial; mente decadente. ¿Qué será lo próximo? ¿Cortezas para desayunar?
- Me pasas el libro ¿o que?
- Si, claro – le respondo. – Tome usted caballero.
Y él lo toma; lo observa; lo examina; todo ello con cuidado clamoroso. “¡Rayuela!” exclama. Ajusta la mira; elige un objetivo, apunta y dispara. Ni de coña es el mas rápido, quizá un Henry fonda en “hasta que llego su hora”; Un Dean martin en “Río Bravo” o, quizá, concediendo demasiado probablemente un Lee marvin en “el hombre que mato a liberty Valance” nada sustancial que me lleve a reflexionar en torno a mi absoluto reinado en el angosto y muy lejano desierto de arena blanca. Soy yo contra los elementos, y ni incluso ellos logran resistirse a mi encanto (no) natural